Cosas que yo desconozco, y que tampoco me interesan
Hoy me senté a escribir “algo”. Disculpen la soberbia pero no resultó como esperaba. Soy muy escrupuloso, a veces, así que he arrancado de mi cuaderno viejo y amarillo de cuentos un pequeño relato de dos hombres (Irvin y Segundo). Dos hombres del pasado- muy especiales y muy comunes a la vez- y sus vicisitudes en lo que ellos llaman “el negocio”, son el recurso acabado y tosco de estas hojas que tengo en mano:
Hace muchos años, allá por los tiempos en que Confucio fumaba opio, Irvin y Segundo pasaban horas interminables tocando la guitarra al frente de la bodega de la mamá de Irvin. Este instrumento musical les valía de excusa para estar juntos hablando de “el negocio”, que era así como ellos llamaban a la carrera presurosa e inagotable por conquistar primero a una hija de Eva. Obviamente Segundo no quería sugerir con su nombre su desempeño en estos gajes, así que siempre estuvo muy por delante de Irvin tratando de conquistar a cuánta bella cosa conocía. Martha conocía a Segundo desde hace dos años, la forma cómo se conocieron la verdad, la desconozco, aunque hablan en las calles, que Segundo contó una única vez la forma cómo conoció a Martha. Dicen que Segundo, contó, que él frecuentaba la juguería del Sr. Gabrieles, papá de Martha, donde ella ayudaba a atender en las mañanas, era tan habitual su presencia en la juguería del Sr. Gabrieles que el mismo Sr. Gabrieles comenzó a sospechar de que la presencia cotidiana y religiosa de Segundo, no era, necesariamente, por sus jugos. El caso es que un día cuando el Sr. Gabrieles salió a ver unos pedidos, Segundo se acercó al mostrador y le preguntó, timorato y ligero, a Martha -¿Cómo se prepara un surtido?-. A Martha le pareció tan graciosa la pregunta como la forma en que lo hizo, así que comenzaron a hablar sin límites hasta que llegó el Sr. Gabrieles y Segundo tuvo que pagar la cuenta y retirarse, pero todo esto no tiene nada de importancia sin Irvin quién una vez regresando de la escuela encontró a Segundo parado como una estatuilla en la puerta de Martha, Irvin quiso confirmar los rumores que iban y venían, sin permiso, por la calle, así que le preguntó a Segundo qué hacía, y éste no pudo hacer otra cosa que decirle la verdad, es decir, decirle que estaba esperando a Martha para conversar. No terminaba la argumentación cuando el crujido de la puerta de madera anunció la salida de la bella Martha. Segundo presentó Martha a Irvin. Entre los tres, primero tímidamente pero luego laxamente, se entrelazó una amena plática. A Segundo le fastidiaba el hecho de que Irvin le resultara tan ameno y familiar a Martha, así que en su afán de desprestigiar a Irvin, ayudó a que Irvin sumara algunos puntos importantes con Martha.
Llegó el cumpleaños de Roxana, una de las primeras fiestas de verano, y tanto Segundo como Irvin asistirían. Irvin se presentó temprano, lucía encantador, tenía el cabello para atrás y una camisa que dejaba notar su definida clavícula y su macizo pecho juvenil. Disculpen ustedes, pero en el otro extremo estaba Segundo quién había tenido la grandiosa idea de llevar unos anteojos oscuros, un pantalón sobradamente holgado y un tanto de acné en la frente. Quizá sí, quizá no; no se sabe si Segundo se enteró, pero Irvin, aparte de bailar durante largas horas con Martha, la sacó, no a bailar, sino al patio de la casa de Roxana y el resto es fábula o verdad, pero muchos dicen que Martha e Irvin se entendieron desde el primer momento que se vieron. Yo no sé. ¿Quién sabe, en realidad, las cosas de los otros? yo por ejemplo soy un mitómano, pero quién me cree.
Una tarde, en casa de Segundo, se encontraba él e Irvin jugando play station. El partido estaba muy tranquilo, parco en carajos, mierdas y mares para ser una final de un mundial: Francia vs Brasil. Irvin no narraba la secuencia del partido como de costumbre y Segundo no hallaba la forma de ingresar al área chica con Zidane, driblear a los defensas, llevarse al arquero y gritarle en la estólida cara de Irvin, quién como decía tenía un concho de estupidez debajo de su pedestre cabellera castaño oscuro. El empate no se hizo esperar, como tampoco el rompimiento del cristal del silencio –Segundo, ¿recuerdas que te hable de Edith?- preguntó con pesadumbre Irvin –Resulta que he tenido unos malentendidos con ella y necesito que me hagas un favor- explicó Irvin, con la mirada a un costado. Irvin tenía una carta bajo la manga, la cual entregó con parsimonia a Segundo, quién prometió entregársela ya que Edith era compañera suya. Hasta ese día Edith había representado, para Segundo, un minuto más a la hora de pasar la lista de asistencia en horas de clases, sin embargo tenía que acercarse a ella, hablarle y entregar la susodicha carta. Edith tenía una mirada adormecedora y un asonrojamiento que volvía loco e idiota a cualquiera, como el mismo Segundo decía. La primera vez, Segundo fue inmune a los encantos de Edith, ya que se trataba de la mujer de quién estaba enamorado Irvin y que tanto era el efecto en él que había dejado de ser el mismo, el play station era unos puntos medianamente coloridos que se movían de un lado para otro mientras un imbécil a su costado gritaba “¡¡Goool, golazo, huevón!!” cada minuto. Irvin estaba enamorado, quizá, pero en ningún momento Segundo pensó en quedar “primero” con Edith, en “los negocios” de los amigos uno no podía ingresar.
La segunda carta que Segundo le dio a Edith estuvo acompañado de una conversación privada algo extensa a la hora del recreo; además pronto las cartas y las conversaciones se volvieron más seguidas. Cuando Irvin preguntaba cuál era la respuesta, cuál era la reacción, Segundo no tenía nada en manos y menos en su mente. Segundo un día se armó de valor y confesó, a su entrañable amigo, lo que siempre debió confesar, acompañado de un quechua protocolar y poético –Wayq’ey, mana kuyana!(*), Edith no quiere saber nada de ti, que te olvides de ella-. Segundo fue sincero en “lo que dijo” Edith, sin embargo omitió “lo que hizo” con Edith, cosas que yo desconozco y que tampoco me interesan.
(*) Hermano mío, indigno de amor.
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